
Más Turismo. Mejor Gestión.
Por qué el turismo no es el problema. La mala gestión sí.
Hay una imagen que se repite cada verano.
Camino por las calles de Barcelona mientras el sol comienza a caer. Las terrazas están llenas. Se mezclan conversaciones en catalán, castellano, inglés, francés, alemán e italiano. Un músico toca junto a una plaza. Un camarero corre entre las mesas. Un niño señala la fachada de un edificio que descubre por primera vez. Un grupo de ciclistas termina una ruta antes de sentarse a cenar.
Unos días después puedo encontrar una escena muy distinta, pero con el mismo espíritu, paseando por un pequeño pueblo de la Costa Brava o contemplando las montañas del Val d'Aran, donde senderistas, ciclistas, esquiadores y familias llegan buscando exactamente lo mismo: disfrutar de un lugar especial.
Entonces me hago una pregunta muy sencilla.
¿Por qué nos sorprende que la gente quiera visitar lugares extraordinarios?
Los grandes destinos siempre han atraído personas. No es una anomalía. Es precisamente la consecuencia natural de aquello que los hace únicos.
Sin embargo, cada vez es más frecuente escuchar que el turismo es el responsable de muchos de nuestros problemas.
Se le culpa del aumento del precio de la vivienda.
De la congestión.
De las aglomeraciones.
Del cambio en los barrios.
De la presión sobre los servicios públicos.
Muchas de estas preocupaciones son legítimas. Sería un error ignorarlas.
Pero también sería un error asumir que el turismo es el origen de todos esos problemas.
Quizá el turismo no sea la causa.
Quizá simplemente sea el espejo que nos obliga a ver aquello que llevábamos demasiado tiempo sin querer mirar.
Durante muchos años he tenido la fortuna de vivir y trabajar en Barcelona, la Costa Brava y el Val d'Aran. Tres lugares muy diferentes entre sí, pero con algo fundamental en común: millones de personas sueñan con conocerlos.
En ese tiempo he visto cómo el turismo ha creado oportunidades extraordinarias.
He visto abrir hoteles familiares que hoy emplean a varias generaciones.
He visto restaurantes convertir pequeños proyectos en negocios de referencia.
He visto escuelas de esquí, tiendas de bicicletas, empresas de actividades, comercios locales y cientos de pequeños emprendedores construir su futuro gracias a quienes decidieron pasar aquí unos días.
He visto cómo muchas infraestructuras que hoy disfrutan también los residentes fueron posibles porque existía una economía capaz de sostenerlas.
Y, por supuesto, también he visto las tensiones que el éxito puede generar.
Carreteras más saturadas.
Calles más concurridas.
Mercados inmobiliarios sometidos a mayor presión.
La realidad no es completamente blanca ni completamente negra.
Precisamente por eso merece una conversación más serena.
Hay una idea que cada vez me parece más evidente.
El turismo es un amplificador.
No crea todos los problemas.
Los hace visibles.
Si una ciudad lleva años construyendo menos viviendas de las que necesita, el turismo pondrá esa falta todavía más de manifiesto.
Si el transporte público resulta insuficiente, los visitantes harán evidente esa limitación.
Si una administración ha planificado pensando únicamente en el presente, el crecimiento terminará mostrando las consecuencias.
Culpar al turismo de todos esos problemas es parecido a culpar a la lluvia por descubrir un tejado que ya tenía goteras.
La lluvia no creó la avería.
Simplemente hizo imposible seguir ignorándola.
Quizá esa sea una forma más útil de entender lo que está ocurriendo.
Cada año, gobiernos, organismos públicos y oficinas de turismo invierten enormes recursos para dar a conocer destinos como Barcelona, la Costa Brava o el Val d'Aran. Se producen campañas internacionales, se asiste a ferias, se desarrollan estrategias de promoción y se invita al mundo a descubrir estos lugares.
El objetivo es claro.
Que vengan más personas.
Que descubran el destino.
Que generen actividad económica.
Que regresen.
Sin embargo, cuando esas campañas tienen éxito, a veces reaccionamos como si la llegada de visitantes fuera una sorpresa.
Existe una contradicción que merece ser analizada con calma.
No podemos aspirar a ser un destino de referencia internacional y, al mismo tiempo, sorprendernos cuando el mundo responde a esa invitación.
El éxito exige preparación.
Y esa preparación comienza mucho antes de que lleguen los visitantes.
Las ciudades y los territorios que mejor gestionan el turismo no son aquellos que intentan impedir que la gente llegue.
Son aquellos que planifican para que residentes y visitantes puedan convivir mejor.
Eso significa construir suficiente vivienda para responder al crecimiento de la población.
Invertir en transporte público e infraestructuras.
Distribuir mejor los flujos de visitantes durante el año y entre diferentes zonas del territorio.
Proteger el patrimonio cultural y natural.
Favorecer el comercio local.
Reinvertir parte de la riqueza generada por el turismo en mejorar la calidad de vida de quienes viven allí todo el año.
En otras palabras, gestionar el éxito en lugar de combatirlo.
Quizá la pregunta correcta no sea cómo atraer menos turismo.
Quizá la pregunta sea cómo convertir el turismo en una oportunidad todavía mayor para quienes llaman hogar a esos lugares.
Porque cuando una familia decide pasar sus vacaciones en un pueblo, una ciudad o una región concreta, está haciendo una declaración silenciosa.
Está diciendo:
"Aquí hay algo que merece la pena conocer."
Pocas comunidades en el mundo tienen el privilegio de despertar ese sentimiento.
Ser elegidos no debería verse como un problema.
Debería entenderse como una responsabilidad.
La responsabilidad de cuidar aquello que hace especial ese lugar.
De prepararlo para el futuro.
De planificar con inteligencia.
De pensar más allá de la próxima temporada turística.
Las grandes ciudades, los pequeños pueblos y las regiones más admiradas del mundo no serán recordados por la eficacia con la que cerraron sus puertas.
Serán recordados por la sabiduría con la que supieron abrirlas.
El turismo no disminuye el valor de un gran destino.
La mala gestión sí.
Si construimos suficientes viviendas, invertimos en infraestructuras, protegemos nuestra identidad y pensamos a largo plazo, el turismo puede seguir siendo una de las mayores fuentes de prosperidad, emprendimiento e intercambio cultural que una sociedad puede tener.
El verdadero reto nunca fue recibir visitantes.
El verdadero reto siempre ha sido estar preparados para darles la bienvenida sin dejar de cuidar a quienes ya estaban aquí.
Porque el futuro no pertenece a los lugares que tienen miedo del éxito.
Pertenece a los lugares que aprenden a gestionarlo.
Menos culpables.
Más soluciones.
